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El déficit comercial sí puede ser un desequilibrio insostenible

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El quinto fraude mortalmente inocente de Warren Mosler se refiere a los déficits comerciales. En EEUU, numerosos políticos y economistas de formación mercantilista se rasgan regularmente las vestiduras a propósito de los gigantescos déficits comerciales que el país mantiene con China: a su juicio, este desequilibrio exterior provoca un sobreendeudamiento económico que socava la producción y el empleo local. Mosler se opone a esta errónea visión mercantilista pero, por desgracia, lo hace recurriendo a argumentos igualmente equivocados.

A juicio del economista de la MMT, toda economía debería tratar de maximizar su déficit comercial ya que ello equivale a consumir del extranjero sin pagar, esto es, a que nos regalen bienes y servicios: importar es el equivalente a comprar y exportar es el equivalente a pagar. Mosler, de hecho, equipara los déficits exteriores crónicos con las reparaciones militares: a su juicio, que un país A esclavice a otro país B, obligándole a producir bienes para su goce y disfrute privativo, es muy parecido a que ese país A le compre productos al país B y el país B no le compre productos al país A (déficit comercial).

Mosler, además, también niega que los déficits comerciales deban ser financiados por el ahorro del país acreedor. Por ejemplo, si un ciudadano estadounidense carece de ahorros y quiere comprar un automóvil fabricado en China, lo que hará será pedir un préstamo a un banco de EEUU y, con la línea de crédito obtenida, adquirir el coche al fabricante chino: “Todos los agentes están felices. El comprador prefiere tener el coche antes que el depósito en dólares, o en caso contrario no lo habría comprado. El fabricante chino prefiere tener los dólares al coche, o no lo habría vendido. Y el banco quiere tener préstamos y depósitos, o no los habría creado. No hay desequilibrio alguno”. Los estadounidenses no necesitan pedir prestados capitales a China para sufragar su déficit comercial.

Por último, no es que Mosler niegue que la importación de bienes desde el extranjero no pueda ocasionar arruinar a algunas industrias estadounidenses e incrementar el desempleo, es que considera que en tales casos el Estado podría recurrir a la imprenta para fabricar nueva moneda fiat con la que aumentar la demanda interna y, por tanto, la producción y el empleo en industrias distintas a las de bienes importados.

En esta sede, Mosler comete un error fundamental: creer que los déficits comerciales no suponen una deuda con el exterior y que, por tanto, su cuantía puede incrementarse ilimitadamente sin consecuencias negativas (conviene remarcar que, aunque en lo sucesivo hablemos de déficit comercial siguiendo la terminología de Mosler, sería más correcto hablar de déficit exterior o, al menos, de un déficit comercial que no se ve compensado por saldos superavitarios en otras balanzas que conforman el saldo por cuenta corriente). Porque, en efecto, Mosler acierta cuando dice que no todo déficit comercial es necesariamente negativo, pero no lo es por los mismos motivos por los que endeudarse tampoco es necesariamente negativo: porque pueden mejorar el bienestar presente o futuro del agente que se endeuda. Ahora bien, dado que no todo endeudamiento tampoco es necesariamente positivo, por las mismas habremos de concluir, en contra de lo que sostiene el economista de la MMT, que no todo déficit comercial es necesariamente positivo: si nos endeudamos insosteniblemente para comprar bienes extranjeros, terminaremos colapsando (al igual que sucedería si nos endeudáramos insosteniblemente para comprar bienes nacionales: la nacionalidad del producto es irrelevante).

Mosler es incapaz de comprender este último punto porque, como decimos, parte de la errónea base de que el déficit comercial no requiere de endeudamiento con el extranjero. En este sentido, su comparación de los déficits comerciales con las reparaciones de guerra es muy ilustrativa de su grado de confusión. Las reparaciones de guerra son transferencias unilaterales y finales de bienes de una economía a otra: si EEUU obliga a China a producir vehículos en régimen de esclavitud, EEUU se apropia de los automóviles y China se queda sin nada. Los déficits comerciales, en cambio, son intercambios aplazados entre dos agentes económicos, esto es, uno de ellos compra hoy y paga mañana: si EEUU le compra automóviles a China a cambio de un depósito en dólares, EEUU se apropia de los automóviles y China se queda con derechos de cobro futuros contra EEUU. Dicho de otra manera, en el primer caso EEUU no le debe nada a China; en el segundo, sí.

Ciertamente, cuando un estadounidense le pide un préstamo a su banco local y con él adquiere una mercancía a una empresa china, en apariencia quien está financiando la operación es el banco estadounidense y no ningún ahorrador chino. Por tanto, en apariencia, ni se necesitaría ahorro chino para que EEUU acumulara déficits comerciales con China ni, una vez acumulados, existiría deuda viva alguna de EEUU con China. Ambos razonamientos son erróneos. El ahorro chino dirigido a financiar los déficits comerciales existe inexorablemente desde el momento en que un agente económico residente en China acepta venderle sus mercancías a un agente económico residente en EEUU y no cobrarle por el momento. Vender sin cobrar es ahorrar y proporcionar financiación: renuncio a la disposición de ciertos bienes sin recibir durante un tiempo otros a cambio. Por tanto, pese a las apariencias, quien está proporcionando realmente financiando la operación anterior no es el banco estadounidense, sino la empresa china.

A este respecto, Mosler invierte los términos, pues, como decimos, en su opinión los estadounidenses no necesitan del ahorro chino para financiarse, sino que son los chinos quienes necesitan de los estadounidenses para adquirir activos financieros denominados en dólares: “Son los extranjeros los que dependen de nuestra creación interna de crédito para financiar su deseo de poseer activos denominados en dólares”. La frase, empero, es un sinsentido. En toda transacción ambas partes se necesitan mutuamente para que haya transacción. Los chinos necesitan a los estadounidenses para disponer de activos en dólares y los estadounidenses necesitan que los chinos estén dispuestos a ahorrar en activos en dólares. Es como decir que un vendedor necesita al comprador para vender: sí, y un comprador necesita al vendedor para comprar.

La clave del asunto, empero, es que no existe ningún automatismo que obligue a los extranjeros a aceptar los pasivos nacionales. Y por “aceptar” me refiero no sólo a que un comerciante extranjero tenga a bien cobrar mediante depósitos denominados en divisa nacional, sino que tenga a bien no emplear esos depósitos para adquirir mercancías estadounidenses. Así, el extranjero puede negarse a ahorrar en divisa nacional de dos maneras: o bien negándose a aceptarla como medio de cambio (o aceptándola sólo por enormes descuentos), en cuyo caso la importación desde el extranjero se vuelve prohibitiva; o bien negándose a mantenerla entre sus saldos de tesorería y utilizándola para comprar bienes a la economía nacional, en cuyo caso esta economía nacional tendrá que exportar tales bienes y eso, en los propios términos de Mosler, equivale a pagar por las importaciones previas. Es el ahorro extranjero, pues, el que permite financiar los déficits comerciales que, repetimos, son sólo una forma de endeudarse con el extranjero: y como endeudamiento con el extranjero que son, por supuesto que pueden acumularse en cantidades insostenibles y desequilibrantes (ciclos económicos, defaults generalizados, malas inversiones internas, consumo de capital, recesión de balances por sobreapalancamiento, contracciones secundarias…). Incrementar los déficits —y, por tanto, el endeudamiento exterior— hasta el infinito no parece lo más razonable.

Por último, conviene apuntar que Mosler tampoco acierta a la hora de explicar por qué la destrucción de empleo que pueda acarrear un déficit comercial (o las importaciones, en general) no debería ser motivo de preocupación. Según el economista de la MMT, el gasto público financiado con impresión monetaria permitiría incrementar el gasto interno, la producción interna y, por tanto, el empleo. No, si las importaciones no son perjudiciales para la economía nacional es simplemente porque empujan a esa economía nacional a integrarse a un escenario de división del trabajo mucho más amplio: el internacional. No se trata de que la economía nacional produzca cualquier cosa (plan de “estímulo” estatal), sino de que se coordine con el resto de industrias internacionales: y para ello algunas empresas locales tendrán que desaparecer y otras tendrán que crecer o crearse desde cero.

En definitiva, es verdad que los modernos mercantilistas se equivocan al demonizar los déficits comerciales, pero Mosler también yerra al negar de plano que puedan ser problemáticos. Y yerra, fundamentalmente, por no tratarlos como lo que son: una forma de endeudarse con el extranjero que, por necesidad, requiere del ahorro extranjero.

Juan Ramón Rallo