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A contracorriente. Los asesinos del fútbol.

Enrique Arias

Unas bengalas lanzadas en el estadio Vicente Calderón por seguidores del Benfica por poco queman a un par de niños que veían su partido contra el Atlético de Madrid. A la misma hora, en Malmo, ultras madridistas se enzarzaban en una guerrilla urbana contra sus homólogos suecos.

Hace ya bastante tiempo que el fútbol se ha convertido en una especie de confrontación cruenta que hace emerger los peores instintos en masas crecientes de tipos descerebrados. No hay que olvidar que pronto se cumplirá el año del asesinato del hincha deportivista Jimmy Romero. Aún no se sabe a ciencia cierta quiénes fueron sus autores, pero varias grabaciones muestran que si no hubo más muertos fue por pura casualidad.

Tanto odio irracional, tanta violencia gratuita, gozan de la benevolencia, al menos, de las instancias deportivas y hasta de las autoridades políticas. Éstas parecen creer que mientras esos feroces instintos se ciñan al ámbito deportivo no contagiarán a otros aspectos de la convivencia ciudadana.

Se trata de un error. Esos asesinos más o menos contenidos mañana pueden encauzar su odio contra quienes no piensen como ellos o pertenezcan a otras etnias, confesiones o grupos sociales. Y entonces quizá sea demasiado tarde para contenerlos.
No deja de ser curioso que se trata de individuos en situación marginal bastantes de ellos y sin trabajo fijo en algunos casos. Aun así, tienen dinero, amigos y valedores para viajar con sus equipos, comprar entradas y hasta gastarse una pasta en bengalas, cadenas y otros instrumentos intimidatorios. ¿De dónde salen, quién los protege y por qué gozan de relativa impunidad?

Si no se responde a esas preguntas y se toman medidas para atajar el fenómeno, cuando nos demos cuenta ya no habrá remedio.

Por Enrique Arias Vega

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