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A contracorriente: Obama y Cataluña

Enrique Arias

No es un hecho menor que el presidente norteamericano rechace cualquier segregación territorial de España. Y no lo es porque su país precisamente ha propiciado algunas de las últimas acciones separatistas, incluida la ruptura entre Sudán del Norte y Sudán del Sur. El que este último se haya visto abocado a una nueva guerra civil ilustra el que estas escisiones sabemos cómo comienzan pero nunca cómo acaban.

Antes del fenómeno sudanés fue la independencia unilateral de Kosovo en 2008, en pleno corazón de Europa, propiciada por Estados Unidos y la OTAN, pero que todavía no la reconocen 85 países miembros de pleno derecho de las Naciones Unidas. La existencia de ese Estado anómalo, empobrecido y subsidiado, es la última comprobación de que el mundo no está para aventuras secesionistas.

Se entiende, entonces, la renuencia de Barack Obama a que se modifique unilateralmente el territorio de un Estado consolidado, como el español.

Claro que al presidente norteamericano nadie le ha dado vela en este entierro, podría decirse utilizando el dicho popular. Pero también podríamos añadir que el gato escaldado del agua fría huye, siguiendo con las expresiones abiertamente coloquiales. La bienintencionada actitud de Occidente de intervenir en algunos conflictos territoriales —los mínimos, dicho sea de paso— ha dejado escenarios imposibles, desde Libia a Siria, pasando por Irak.

No estamos hablando aquí de nada ni remotamente parecido, por supuesto. Pero precisamente por eso, porque existen conflictos de verdad, porque hay auténticos problemas que resolver en el mundo, triviales cuestiones domésticas como la española lógicamente no perturban el sueño ni de Barack Obama ni de ningún otro dirigente del mundo occidental.

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