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A la caza del parado, o la muerte de Keynes

William VansteenbergheWilliam Vansteenberghe, colaborador de Elche News

La Utopía de la Sociedad del Bienestar, welfare en inglés, comenzó su claro declive en los años 70 del siglo pasado, cuando tuvo lugar la crisis mundial del petróleo y el crecimiento imparable de la concentración de lobbies industriales y comerciales.

Si en Europa entró en declive en los años 70, no digamos lo que hemos gozado nosotros de este periodo de welfare, casi nada siendo generosos.

En realidad el sistema de la Seguridad Social y de sus reflejos en la Salud Pública y la Educación, eran fruto de una sociedad nacional-católica, de corte fascista y más cercana al óbolo que a la verdadera estructura de un Estado moderno.

El declive de esta visión positiva hacía los derechos de las asalariados, y de su cobertura en caso de contracción del mercado del trabajo, a través de la figura de la ayuda al parado, la indemnización por despido, ambas propias de la cultura económica Keynesiana, pronto se vio sustituida por otro planteamiento económico recogido en el término workfare, en el que, a diferencia de la generosidad entregada a los más débiles que se empezó a valorar como una desincentivación a la reincorporación del parado al trabajo, en esta se premiaba  al que trabaja, pero a cualquier precio, ya que la meta no era un salario digno, sino que trabajase, y  que este trabajo fuese barato, como estímulo a la contratación de más personal.

Desde 1992 todas las instituciones implicadas en la gestión de empleo, han acordado laminar las prestaciones por desempleo, reducir las indemnizaciones de despido, abaratar las contribuciones de las empresas a la Seguridad Social, y eliminar en definitiva las ventajas de las que gozaban los trabajadores en activo, ya que si pasan al paro se reincorporan a su trabajo con otras condiciones mucho menos ventajosas.

La Unión Europea ha sido durísima con los países miembros en este aspecto ya que en la Cumbre de Lisboa se determinó, bajo el consejo de la OCDE, que todas las intervenciones debían ir dirigidas a la reincorporación de los parados al mercado de trabajo, en las condiciones que fuesen. El objetivo a conseguir  era el pleno empleo.

En toda la Unión, lo que realmente se ha conseguido, es una constante disminución de los salarios, repercutiendo así sobre la capacidad de consumo del trabajador. Asimismo al gozar de un vivero de parados importante, la sustitución es mucho más fácil , promoviendo  aún más la bajada del salario, repercutiendo de forma grave en los sistemas de recaudación por renta, haciendo aún más difícil la gestión de los derivados aún existentes del welfare, o sea la Sanidad y la Educación públicas.

Lo interesante es ver cómo ha afectado países débiles que no necesitaban desmontar el mercado de la ayuda estatal, porque era ya mínima. No olvidemos que nuestro país se encuentra muy lejos de Bélgica, Alemania o Francia, en los cuales las alocaciones por paro se prolongan en el tiempo hasta que la persona encuentra trabajo, nosotros, coticemos los años que queramos el límite es de dos años de paro sin posible prolongación, podemos afirmar que la cobertura al parado jamás pertenecimos al welfare.

Además recortar prestaciones si el parado no acepta el primer trabajo propuesto por el Servicio de Empleo, como sucede en el resto de la Unión, tampoco es posible aquí, ya que estos, son incapaces de producir ofertas, por lo tanto el workfare fracasa también en nuestro país.

En lo que sí ha tenido los resultados buscados es en la simplificación del despido, la reducción de la indemnización, y la creación de contratos al empleo que estimulan la rotación de parados, produciendo dos efectos perversos,  de nuevo en el abaratamiento del salario y en la mala calidad de los servicios, ya que acceden a estos trabajos personas híper formadas, que no rinden a su nivel, y que no cotizaran en las secciones que les corresponde,  con la consiguiente pérdida para el Estado.

El haber transformado hasta de forma ética, al parado en un inútil, que debe ser empujado a la pobreza para reaccionar y ponerse a trabajar, como defendía el economista Galbraith, lo único que se ha conseguido es empobrecer a una población cada vez mayor, favorecer el mercado negro del trabajo, además  de restar capacidad de compras a todos, obligando a la deflación por parte de las empresas.

No obstante el ser humano es tenaz en los errores, y se sigue desmontado el sistema de cobertura mínima, produciendo un agravamiento tal de la situación económica  de los parados y de los trabajadores, que a menudo llegan a cobrar menos que el salario mínimo interprofesional y los demás  se ven abocados al limbo del mercado negro, donde todos perdemos.

Lo malo es que todo estaba ya escrito, en la teoría capitalista avanzada, se declina un verdad absoluta, cuando se pretendan abaratar los costes, lo último que hay que tocar es el salario del trabajador, ya que redunda  en huelgas e incidentes en la producción que se convierten en pérdidas superiores al ahorro conseguido por tal reducción.

Resulta sorprendente que los causantes de esta situación, se extrañen de que movimientos sociales nazcan por doquier, con una capacidad de organización excelsa, y que lleguen al poder sin una gota de sangre. Hemos vueltos a tiempo Marxistas, y curiosamente gracias a los que con más fuerza han luchado contra ello, los empresarios,  los  cuales corporativistas, solo han conseguido mirar al fondo de su monedero.

Parar terminar sería interesante plantear esta humilde pregunta: ¿si la administración de empleo es incapaz de favorecer la reincorporación del trabajador en las condiciones más desventajosas posibles, de que sirve esta institución?

Artículo de colaboración de William Vasteenberghe

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