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Ciertas coincidencias

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Historiadores tan destacados como Hobsbawm, han analizado la aparición de la mafia en Europa como consecuencia de la cesión de la autoridad, desde el antiguo régimen a un modelo capitalista, que trasmitía esta autoridad a los cuerpos de guardianes privados (origen de los mafiosi, hombres de honor). El objetivo era que los grandes propietarios y sus administradores conservaran el dominio sobre la vida local, contraviniendo las transformaciones legales del nuevo sistema económico que se estaba constituyendo. Sin ninguna duda esta transición del feudalismo al capitalismo, en su modelo mafioso, es una de las más interesantes y particulares de la historia del siglo XIX europeo en ciertas partes del continente. A diferencia de lo que se cree, las estructuras mafiosas no son cosa reciente. Sí lo es, por el contrario, que estas estructuras son ilegales y viven en la clandestinidad, en lucha contra el estado y la sociedad en su conjunto, pues en la Roma imperial las prácticas de fraude, estafa, robo y violencia, eran consideradas inaceptables pero entraban en la categoría de delitos civiles. Es decir, era cosa entre dos, no era un asunto de la sociedad en su conjunto.

Las normas de funcionamiento de las estructuras de poder de la mafia eran claras, pero no se dejaba constancia escrita. Los mandamientos de la Cosa Nostra, los códigos de honor de la moderna mafia son una mezcla de religión, estricta moral católica y protocolo. Cosas como ser puntual, no ir por bares o en compañía de personas de mala reputación, atender a la familia, respetar a la mujer y no desear a la mujer del prójimo, también no tener trato con la policía, decir la verdad y estar siempre disponible para el clan. Así pues, la apariencia de honorabilidad en público parece ser una de las claves de su conducta sabiendo que, su conducta privada, es claramente ilegal.
Quizás la regla más evidente de una estructura para el bien común de los clanes mafiosos, es la norma novena que se proclama en el acto de entrada a la mafia, y que establece la regla de la “dignidad” mafiosa: se puede matar, extorsionar, traficar, pero nunca “robar el dinero de otras personas o de otros clanes mafiosos”. De esta forma, la división de territorios, sectores, actividades ilegales que desarrolla un clan, es respetado por todos los componentes de los diferentes clanes y nadie entra en los negocios de los otros, pues la forma más directa de robarle a otros clanes es competir en su negocio. Así sucede que se reparten territorio y sectores. Por ejemplo aquí sería como si a un personaje le correspondiese Castellón, a otro la provincia de Valencia y a otro la de Alicante. Además a otros clanes le correspondiese los negocios de los colegios, a otros las residencias, a otros los hospitales, las obras públicas o los centros de ocio de míticas tierras. Es un supuesto, claro.

Clave de la continuidad de las estructuras mafiosas, es que estas no anulen el funcionamiento del sistema general. Son, por así decirlo, parásitos del sistema del que van extrayendo plusvalías sin llegar a matar el negocio parasitado, de ahí que el método de cobro de comisiones, sea una cantidad importante pero no lo suficientemente alta como para matar el negocio legal. Por supuesto la cosa se pone fea en épocas de crisis en las que, al haber menos movimiento, se debe aumentar la presión sobre las que se mantienen para sostener los beneficios aun a costa de ponerse en evidencia. Ya se sabe, cosa de oferta y demanda.

Por supuesto la regla de oro más conocida de la conducta mafiosa es la “omertà”, ley del silencio que prohíbe informar sobre los delitos, que son considerados asuntos internos, y que sólo incumben a las personas implicadas.

Esta regla es, como digo, la regla de oro, la pieza clave que asegura la continuidad de la actividad mafiosa y los beneficios. La confianza en que nadie va a romper esta regla es lo que sostiene las estructuras y, para lograrlo, todos han de participar de los beneficios en cantidades proporcionales a su responsabilidad dentro de la estructura, aunque no tanto en función de su trabajo. Así el Don, el Capo o los Consiglieris, reciben una parte sustancial sin hacer ninguna actividad directa, mientras el Soldato recibe menos y los asociados – personajes que pretenden entrar en la mafia – pueden incluso no recibir nada para demostrar su fidelidad.

Todo se derrumba cuando un miembro de esa cosa tan suya, decide dejar constancia de los actos delictivos, sea como medida preventiva o por cualquier otro motivo, incluso cabe pensar en un repentino ataque de ética. Pero el mero hecho de dejar constancia, por ejemplo con una grabación, es el principio del fin. O el fin de la fiesta.

Por cierto que, respondiendo a una pregunta que me hicieron hace unos días, se considera que la delincuencia organizada es la actividad delictiva de un grupo estructurado, de tres o más personas, que existe durante cierto tiempo y que actúa concertadamente con el propósito de cometer uno o más delitos graves o delitos tipificados con arreglo a la Convención de Palermo con miras a obtener, directa o indirectamente, un beneficio económico, político u otro beneficio de orden material. Tres personas, sólo tres personas constituyen una banda criminal organizada. Por tanto, con reunir a un grupo de amigos, por ejemplo, Gerardo, Victor, Vicente, Alfonso, Marcos, Máximo y por rebajar la testosterona, podemos añadir a Sonia y Rita, ya tenemos más de tres amigos, organizados, dispuestos a realizar actividades delictivas, con miras a obtener directamente beneficios económicos y políticos, y…. voilà, una banda. No sé si organizada, porque sonar, no suena bien, pero banda sería al fin y al cabo. En fin, como se ve, ciertas coincidencias ciertas. Presuntamente.

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