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San Vicente Mártir y Valencia

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Hoy quería hablaros de una época oscura, muy poco tratada por la ficción histórica en la literatura o la gran pantalla, pero que fue apasionante, ya que en ella se fraguaron muchos de los cambios que provocarían el fin de la Antigüedad clásica y el principio de lo que hoy llamamos Edad Media. Comencemos este viaje al Imperio Romano de finales del siglo III d.C.

Diocleciano fue uno de los gobernantes más capaces de la Roma tardía. Hombre también bravo y ecuánime, reformó la administración y contuvo los problemas con éxito creando la tetrarquía, una forma de gobierno en la que el Imperio quedaba partido en cuatro partes, con dos Augustos y dos Césares al frente de cada una de ellas. Si su nombre no aparece entre los prínceps más gloriosos quizá se deba a una de sus máximas inquinas: los cultos exóticos. Perseguidor de maniqueos y cristianos, sus cuatro edictos contra estos últimos fueron determinantes para que tuviese lugar la mayor persecución de toda la historia del imperio romano.

El 24 de Febrero del 303 se promulgó el cuarto edicto, el más severo, un decreto que prohibía incluso ser cristiano, además de la destrucción de todo elemento litúrgico vinculado a tan funesto culto.

Pero… ¿Qué tiene esto que ver con nuestra ciudad? Pues mucho.

No todos los praeses (gobernadores provinciales) aplicaron con el mismo celo dicho decreto. Se sabe de grandes persecuciones en Oriente, pero en Occidente, y en la diócesis de Hispania, solo uno de los gobernadores tomó como suya la causa de Diocleciano, quizá porque compartía la aversión por los cristianos, tal vez por ganar puntos de cara a convertirse en vicario de la diócesis en Emerita Augusta (hoy Mérida; curiosa la coincidencia de la jerarquía civil romano-tardía con la posterior de la Iglesia).

Estamos hablando de Publio Daciano, un personaje oscuro y controvertido que bien pudo ser un mito, pues la fuente más completa sobre este individuo es el Peristephanon del poeta hispanorromano Prudencio escrito un siglo después de estos hechos y que no deja de ser una loa a los mártires de la Iglesia. Vayamos al caso que nos compete: el tal Daciano aplicó con severidad el edicto nada más ostentó mando en la Tarraconense, comenzando así una persecución inaudita hacia los cristianos en tierras hispanas. Fueron muchas las víctimas de su encono, pero centraré estas líneas en dos de ellas.

A finales del 303 fueron detenidos en Caesaragusta (hoy Zaragoza) el obispo de la ciudad, Valerio, y su diácono, un joven oscense llamado Eutiquio. Para evitar disturbios en su parroquia, pues Caesaraugusta era una ciudad con muchos cristianos en aquella época, el praeses decidió trasladar a los dos reos desde allí hasta alguna ciudad de su nueva competencia, la Cartaginense, una provincia creada en el nuevo reparto de Diocleciano. Además, y esto es más tradición que historia, uno de los magistrados locales, un tal Rufino, le había solicitado realizar algún golpe de efecto contra la incipiente comunidad cristiana de su ciudad. Estamos hablando de Valentia, la colonia romana del río Turius. Daciano atendió la petición de Rufino y los dos reos fueron llevados a través del Maestrazgo hasta la Vía Augusta y llegaron a la ciudad entre finales del 303 o principios del 304. El propio praeses se interesó en presidir el juicio contra los dos cristianos, cosa que tuvo lugar sobre el 20 de Enero del 304 en la basílica de Valentia (hoy bajo la Seu). En dicho juicio, fue el joven Eutiquio quien tuvo la iniciativa y el desparpajo de recriminarle al gobernador por su inquina contra los cristianos, provocando la irritación del tribunal y de su iracundo presidente. Valerio, que no podía hablar bien no sabemos exactamente porqué, quizá por un problema de dicción, fue desterrado a la Galia, pero Eutiquio se ganó la tortura para renegar de su apostasía (hay que tener en cuenta que la religión oficial del estado incluía ofrendar sacrificios al emperador, algo que los cristianos se negaban a hacer y ese era el motivo de que fuesen torturados hasta que cambiasen de opinión).

Lo que sucedió después es caldo de leyenda. Eutiquio pasó por la catasta (el antecesor del potro) donde lo descoyuntaron, después le pasaron las uñas de gato, unas hojas que desgarraban la piel a tiras, después lo echaron en una parrilla incandescente… y el joven diácono no solo no se retractaba de su fe, sino que increpaba al praeses y sus esbirros mientras era martirizado. Viendo Daciano que no había forma de que aquel muchacho terco e insolente cambiase de opinión, decidió que fuese encerrado en los sótanos del Castellum Aquae (la cisterna de la ciudad, cuyos cimientos se encontraron en el parking de la Plaza de la Reina) sobre trozos de cerámica rotos para que no conciliase ni el sueño. Tampoco funcionó. No se sabe cómo ni porqué, el caso es que el joven Eutiquio acabó siendo llevado a la domus de un valentino de buena posición para recuperarse de sus heridas por orden del propio Daciano, que lo quería rehecho para una nueva sesión pero, probablemente a causa de toda la sangre que perdió, falleció aquel frío día 22 de enero del 304.

Más leyenda envuelve lo sucedido tras su muerte. Su cadáver fue echado a un muladar, hoy en la Plaza de España, donde ni las fieras lo tocaron; después se lo llevaron a la costa y lo echaron al mar con una rueda de molino atada (de ahí que se le llame también “de la roda”), pero no se sabe cómo o porqué su cuerpo apareció en las playas de Portus Sucronensis (hoy Cullera), donde fue descubierto y enterrado por una mujer llamada Jónica hasta que una década después, tras el decreto del emperador Constantino, el culto cristiano dejó de estar perseguido en Roma. Este joven vehemente y testarudo no pasó a la historia y la leyenda de los mártires con su verdadero nombre, Gayo Galerio Eutiquio, sino con el apodo que le dieron sus correligionarios, vincentius, el vencedor, pues Daciano no fue capaz de hacerle renegar de sus convicciones y murió sin retractarse. Con el tiempo el vocablo latino vincentius derivó en nuestro actual Vicente. He aquí la historia y leyenda de San Vicente Mártir, patrón de la ciudad de Valencia, y protagonista de una de las tramas de mi novela Devotio, donde recreo todos estos hechos acaecidos en la Valentia tardo-romana desde la ficción histórica.