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Igualdad… ¿de qué?

Enrique Arias

Un amigo ironiza contra las políticas forzadas de igualdad de género: “¿Cuándo se exigirá a los equipos de fútbol que tengan el mismo número de chicas que de chicos?”, se pregunta. Siguiendo con sus esperpénticas comparaciones, arremete también contra las hipócritas proclamas sobre la igualdad racial: “¿Por qué no se obliga a los equipos de la NBA a que tengan tantos baloncestistas blancos como negros?”, añade.

El hombre argumenta que esa pretensión de obtener igualdad de resultados es absurda y hasta ridícula. “Lo que tiene que haber es igualdad de oportunidades”, argumenta, “lo que ocurra luego en la vida depende también de otros factores biológicos, intelectuales, de carácter,… que no se pueden imponer, sino que simplemente tenemos que aceptarlos”.

Con esta apelación a la paradoja y hasta la extravagancia pretende razonar que está mal planteada la defensa de la mujer ante lo que se denomina violencia de género: “Aceptar que se trata de una violencia específica y diferenciada no solo no ha acabado con el problema, sino que lo ha agudizado horriblemente, a tenor de las estadísticas”, arguye.

Según él, es igual de ominosa toda la violencia que ejerce el fuerte sobre el débil, ya sea aquélla acoso laboral, escolar, sexual… y debe ser tratada con igual contundencia. “Hablar todo el rato de violencia doméstica o de género casi, casi acaba por justificarla: bastantes jóvenes la practican como si fuese un fatum biológico, un hecho inevitable a causa de la diferencia de sexo, y eso es del todo inadmisible.

O sea, que debemos hablar menos de la violencia de género y ser, en cambio, más contundentes a la hora de combatirla, como debemos hacer con cualquiera de los execrables crímenes que día a día llenan las secciones de sucesos de los programas televisivos.

Por Enrique Arias Vega

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