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¿Laicismo o estulticia? Breve historia de un rebuzno

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Hace unas semanas la Universidad en la que yo cursé mis estudios de Derecho, digo de la Universidad de Valencia, en la que yo empecé a ejercitar mi vocación de profesor, tenía programado un acto en torno a la figura de San Vicente Ferrer en el que debía impartir una conferencia un notable académico, catedrático de Historia de la Iglesia, evento para el cual ya estaban impresas y repartidas las correspondientes invitaciones oficiales de dicha entidad, procedentes del Rectorado de la misma.

Para sorpresa de propios y extraños, seguramente por razones de política interior, la cita fue suspendida alegándose que una institución laica como la referida universidad en un Estado no confesional no podía celebrar un acto semejante. Un buen amigo mío, catedrático que fue de Historia de la Medicina y de la Ciencia en la Facultad de Medicina de esa misma institución, el insigne D. José María López Piñero, cuando leía u oía una opinión estrambótica de algún pretendido prócer universitario o social, solía comentar: Fulano o Zutano ha proferido un rebuzno.

No le faltaba razón al mencionado sabio. Se rebuzna mucho hoy en día. Impedir que se desarrolle en esa sede universitaria un acto en torno a Vicente Ferrer es olvidar que ese mismo personaje, desde el año 1410, se empeñó cerca de los Jurados de la ciudad de Valencia en que esta urbe debía tener un “Estudio General” que posibilitara la permanencia en ella de quienes querían estudiar, pues de otro modo debían trasladarse a la ciudad de Lérida, el centro universitario más cercano a la sazón. De resultas de los ímprobos esfuerzos de Ferrer, al fin en 1416 comenzó a funcionar un “Estudi General”, que aglutinaba a varios centros educativos anteriores, y por fin, ya en 1500, se dio la circunstancia de que reinaba en Roma Alejandro VI, Para Borja, y en Valencia era Arzobispo un sobrino suyo, Juan de Borja Llançol de Romaní, de modo que el 22 de enero de ese mismo año, Festividad de San Vicente Mártir, Patrono de la ciudad, se expidió la Bula de creación de lo que hoy es la Universitat de València.

Con tales antecedentes, prohibir un acto que rememorara la figura de Vicente Ferrer, no constituye afirmación de laicidad alguna, sino de aversión totalitaria y sectaria a determinados aspectos insoslayables de nuestra propia historia como ciudad y como pueblo, los que, gusten a algunos o no, constituyen memoria histórica que podrá ser criticada, comentada o lamentada, pero nunca olvidada, porque ello constituiría un duro ataque a un determinado ámbito científico, el de la Historia. En esa misma Universidad, en su magnífica biblioteca histórica, yo mismo como responsable entonces de un área de la Conselleria de Cultura, en unión de la gran bibliotecaria que dejó su vida en esa casa, y de acuerdo con el Rectorado, montamos una gran exposición de ejemplares del Corán conservados en instituciones valencianas, libro sagrado de los musulmanes, sin que a nadie le pareciera que una acción semejante, de profundo significado religioso, contraviniere el carácter aconfesional del recinto universitario. Era pura historia nuestra, y como tal se montó.

Cabe preguntarse la razón por la cual esa misma institución, que acogió como no podía ser menos esa manifestación expositiva de calado religioso islámico, se atreve a pretextar que no puede invocarse en su recinto el nombre de Vicente Ferrer, seguramente por haber sido un fraile dominico y ser referente de otra confesión religiosa, distinta al Islam, como es el Catolicismo, fruto sin duda de la fobia que atenaza a algunos de los pretendidos intelectuales que ahora detentan (en el sentido etimológico originario del verbo detentar) la regiduría de la institución académica referida. Por otra parte, la figura de Vicente Ferrer, más allá de la iconografía popular que le puede haber trivializado, corresponde a la de un personaje de singular importancia en su tiempo, no sólo por su intervención en el Cisma de Occidente, o en el Compromiso de Caspe, sino por su producción literaria en ámbitos tan diversos como la Teología, la Filosofía o el Derecho Canónico. Si de todo ello no se puede hablar en un recinto universitario, aun con las polémicas que el personaje pueda suscitar en algunos, ya me dirá el lector en qué ha quedado ese espíritu de universalidad que debe acreditar a cualquier ente universitario.

Es la misma Universidad que, tan refractaria a toda presencia de lo cristiano, puede albergar en su seno y en su propia página “web” al Instituto Confucio, sin problema alguno, aun cuando Confucio fue el fundador de una específica corriente religiosa, el confucianismo. ¿Se imaginan ustedes que los cerebros regidores de esta veterana institución hubieran admitido que en su seno hubiera un instituto llamado “Cristo Rey” o “Teresa de Jesús”? ¡¡Qué horror!! Las carnes se le hubieran abierto al equipo de gobierno. ¡Qué terrible atentado contra la aconfesionalidad y la laicidad! Tratándose de Confucio, no.

¡Lástima de quinientos años de historia gloriosa de la Universidad de Valencia, para acabar siendo reducto de unos intolerantes que desprecian cuanto ignoran!