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Los sonidos del silencio

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El sábado 28 de mayo de 1994 fue cesado Eliseo Quintanilla Almagro como consejero de la CAM por tener préstamos vencidos y no pagados más de tres meses. El motivo real fue el enfrentamiento de Quintanilla con el Director General Juan Antonio Gisbert, con motivo de la concesión de un crédito de 500 M de pesetas a Hansa Urbana. Quintanilla tildó de frívolos a Román Bono y Gisbert por no haberle informado con anterioridad. Acudió a los tribunales y perdió la demanda de reposición en el consejo. Su abogado fue Juan Ramón Avilés Olmos. Meses después Avilés Olmos fue concejal de urbanismo de Murcia con Miguel Ángel Cámara Botía, imputado por corrupción urbanística en el caso “Nueva Condomina”, ya saben permuta del antiguo estudio por un sitio nuevo y recalificación posterior. Avilés Olmos, personaje polémico, abandonó el ayuntamiento y marchó como secretario del Ayuntamiento de Pilar de la Horadada, en los años de la burbuja inmobiliaria y promovió una actuación urbanística denominada “Vereda de Sucina” precisamente en el pueblo natal de Quintanilla Almagro. En 2007 y en un proceso plagado de irregularidades, pero con la complacencia del poder político de la Generalitat presidida por Francisco Camps y el poder financiero de la CAM detentado por Roberto López Abad, estaba previsto que Avilés fuese al consejo de administración, sustituyendo a Javier Guillamón, vicepresidente primero, mientras que José Enrique Garrigós fuese el presidente de la comisión de control. Al final se deshicieron los pactos tras la guerra entre zaplanistas y campistas o campsistas, Garrigós quedó de vocal, y Avilés pasó a presidir la comisión de control a pesar de que su candidatura se presentó hora y media después de cumplir el plazo.

López Abad había avisado a Armando Sala, vicepresidente tercero: “Si hay guerra la perdéis, el partido CAM es el que domina siempre las elecciones a órganos de gobierno, tengo un delegado en cada pueblo”.

La presión sobre la candidatura alternativa a Camps, fue terrible, demoledora; se llegaron a emplear amenazas familiares del tipo: “¿tú no querrás que tu hijo se quede sin trabajo?” y demás historias. El secretario del consejo fue laminado y recuperado en la comisión de control y como sucesor de Francisco Grau, promocionaron a un oscuro y siniestro vendedor de coches, presidente de FEMPA, COEPA y otras asociaciones: Modesto Crespo Martínez.

López Abad estaba encantado, no sólo demostró al poder político su forma de hacer política y tener éxito (creyó él), sino también a sus conmilitones de la CAM, Daniel Gil Mallebrera, Vicente Soriano Terol, José Pina Galiana, Mayra Amorós Marco, Joaquín Meseguer Torres, Ildefonso Riquelme Manzarena y Teófilo Sogorb, para que supiesen quien era el jefe e igualándose en sagacidad al “genio tenebroso” de Juan Antonio Gisbert. Por cierto, Joaquín
Meseguer Torres que se postuló en la Generalitat como sustituto de López Abad durante la batalla, fue defenestrado fulminantemente a una dirección de área menor y posteriormente embarcado a Méjico a arreglar la estafa de la inmobiliaria mejicana que iba a construir un nuevo El Dorado en Cabo Cortés y hasta la procuraduría de la República, a instancias de Greenpeace, paralizó. La sombra de Rafael Galea Expósito era muy alargada y convenció a López Abad de las bondades del proyecto. En él enterró la CAM más de 300 M de euros.

Volvamos a Avilés Olmos. El proyecto de “Vereda de Sucina” no terminaba de arrancar y los créditos iban venciendo. López Abad susurraba a Avilés Olmos, “no te preocupes, se refinancia la deuda, el Instituto Valenciano de Finanzas no dirá absolutamente nada”. Pero el Banco de España observaba y los inspectores informaban. Los informes descansaban en el cajón del Gobernador Miguel Ángel Fernández Ordóñez. El jefe de la inspección dimitió. Llegó un momento que la refinanciación era imposible y pensaron que un cambio en la titularidad de las acciones de la empresa podría ampliar el plazo de devolución de los créditos. Pero la pelota se hizo muy grande y en las entidades financieras manda el consejo que me dio el fundador de la Caja del Sureste: “Navarrito, si no estamos seguros que nos devolverán el crédito, y eso se sabe antes de su concesión, no lo demos. Nuestro negocio es prestar dinero y cobrarlo al tipo de interés reglamentario que nunca deben llegar a dos dígitos”.

El resto de este esperpento que ha llevado a muchas familias, pequeños ahorradores y personas de bien que han confiado ciegamente en la CAM, tanto empleados, directores de oficinas que vendieron las preferentes y las cuotas participativas pensando que eran productos muy buenos, a perder sus ahorros, ya lo conocen ustedes.

La codicia de los directivos anteriormente enumerados, consejeros como Avilés o como Martín Sevilla Jiménez, catedrático de economía aplicada de la UA y que supo aplicarla únicamente en beneficio propio, de consultores como Emilio Ontiveros Baeza que fue el asesor de la CAM para el lanzamiento de las cuotas “El mejor producto financiero, yo he comprado cien mil euros”, e incluso el propio Luis de Guindos, entonces presidente de Lehmann Brothers España que afirmaba, en la línea de Ontiveros, que “yo no debo comprar pues estoy comprometido en la colocación de la emisión, pero animo a ustedes a que la suscriban en su totalidad”, llevaron a una caja bicentenaria a la quiebra.

El día 21 de julio de 2011, horas antes de la reunión del consejo de administración de la CAM, un grupo de consejeros comía en el restaurante el “Bocaíto” de Alicante. Decidieron pedir la dimisión de Modesto Crespo. Otros comían en el “Piripi” con Modesto Crespo, Avilés Olmos y López Abad decididos a resistir lo que hiciese falta. A partir de las seis, con el consejo reunido y en el fragor de la batalla, Luis Ángel Expósito, director del Banco de España, llegó con la misiva de la autoridad financiera, cesando al consejo y nombrando a tres mercenarios como nuevos amos de la CAM. Dentro de unos días, López Abad y Avilés Olmos se sientan en el banquillo de los acusados. Por varios delitos les piden cárcel, y unas indemnizaciones cercanas a los 7 M de euros. Que la voz de la justicia suene fuerte frente a los sonidos del silencio de estos personajes.

Juan Navarro Balsalobre es Doctor en Ciencias.