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Qué tiene de malo la caridad

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En la radio, el otro día, una de mis interlocutoras cargó contra un programa de TVE-1 llamado “Entre todos” que cursa en la sobremesa. Así me enteré, pues no estoy muy puesta en graves asuntos televisivos, de que ha recibido duros ataques desde que empezó a emitirse. La razón de la bronca, meteduras de pata de su presentadora al margen, es que allí se insta a las personas a ayudar a otras que se encuentran en situación de necesidad. Vale, ¿y cuál es el problema?, preguntará el ingenuo. Se lo diré con palabras del Consejo General de Trabajo Social. El problema es que “promueve la sustitución de los derechos sociales por la caridad.”

El pecado original de “Entre todos” es, por tanto, y siempre según sus detractores, que exhorta a unos particulares a auxiliar a otros, cuando ese auxilio debería venir del Estado, y sólo de él. Lo que les parece inadmisible del programa es que en lugar de incitar a la gente a exigir sus derechos, le haga creer que sus problemas pueden resolverse por la buena voluntad de otros y al margen de la acción estatal. Y esto, es decir, que la sociedad sea capaz de arreglar algunas cosas por sí misma, sin la intervención del Estado y sus especialistas en trabajo social, tiene por lo visto un peligro tremendo.

Tremendo peligro, ¿por qué?, insiste el de antes. ¿Qué tiene de problemático que unas personas colaboren con otras? ¿Por qué no pueden cubrirse de esa manera huecos que deja la asistencia estatal? Bueno, nuestro ingenuo no se da cuenta de que si la gente se organiza para encontrar soluciones, a lo mejor se organiza menos para hacer ruidosas campañas de protesta y, en consecuencia, los grupos que se dedican a organizar ruidosas protestas tendrán menos influencia de la que tienen. Esto es un peligro, sí. Para ellos. Aunque no es el único.

En España hay poco hábito de asociarse y de contribuir a este o aquel proyecto, y buena parte de lo que se presenta como “sociedad civil” vive (o vivía) de la subvención. La subvención pudo semejar remedio inevitable para paliar la debilidad de nuestro tejido asociativo, pero lo que ha conseguido es debilitarlo todavía más. Ha desincentivado la iniciativa de los particulares en variados ámbitos, cuando no ha acabado con ella, y ha producido una fuerte relación de dependencia con las distintas Administraciones y Gobiernos. Todo lo cual regala de paso a los partidos una mayor facilidad para crear redes clientelares. De manera que los interesados en mantener ese estado de cosas son muchos y diversos. No vaya a ser que se compruebe que ciertos asuntos los resuelve mejor la sociedad civil que el Estado. Cuidado, ¡eso es directamente subversivo!

Cristina Losada