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Sentido del humor español

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Dice Emilio Martínez Lázaro, director de Ocho apellidos vascos, que no cree “que los españolistas más exaltados admitirían una parodia así”.

Eso nunca se sabe, porque en este país no estamos acostumbrados a plantearnos los problemas en clave de humor, sino de tragedia. Es más, el gran poeta vasco Gabriel Celaya atribuía al humor un carácter fascista, probablemente porque sí nos gusta reírnos de los demás, como cuando alguien resbala en una piel de plátano, pero no de nosotros mismos.

El mérito de la película de Martínez Lázaro radica, precisamente, en reírse de uno mismo; en este caso, tanto de los tópicos nacionalistas como del reverso de aquellos otros a quienes les aterran antes siquiera de haberlos entendido. Pero, ¿podría extenderse este fenómeno de autocrítica humorística al conjunto de un país que se nos muestra cada vez más irritable y crispado?

Al menos, deberíamos intentarlo. En su momento ya lo hizo Luis García Berlanga, en La vaquilla, ironizando con algo tan dramático para todos como la Guerra Civil, la cual, por cierto, aún sigue coleando entre nosotros. Doce años después también lo consiguió el italiano Roberto Benigni, transformando en comedia algo tan aparentemente imposible como el horripilante Holocausto nazi, en su celebrada película La vida es bella.

Aquí, sin embargo, aún seguimos otorgando una pomposa y desafortunada trascendencia a las denominadas señas de identidad colectivas, como si en el fondo no fuese un mero accidente geográfico nacer en un lugar u otro.

Habrá que esperar, pues, a nuevas y diversas secuelas de Ocho apellidos vascos y verificar que la risa permite la relajación y el entendimiento entre las gentes, quitando importancia a enfrentamientos que en realidad son más surrealistas que verdaderos.

Enrique Arias Vega