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Veinticuatro horas

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Lo bien cierto es que las formas de emprendurismo, de articular la vida económica en unidades productivas, el consumismo y la sociedad, van variando de manera acelerada.

De las pequeñas tiendas de proximidad, los ultramarinos de nuestra infancia, pasamos a las agrupaciones de colaboración, a los supermercados y autoservicios y de allí a las grandes superficies.

Durante mucho tiempo han coexistido, no sin refriegas, provenientes sobre todo, no ya de empresas individuales sino de asociaciones patronales y de partidos políticos a la búsqueda de votos.

Los poderes públicos se han inmiscuido en el funcionamiento y regulación de los sectores económicos articulando espacios artificiales donde desarrollar la actividad comercial, creando disfunciones con difícil justificación.

El pequeño comercio quiere tutela administrativa, limitaciones horarias y cierres controlados.

Las grandes superficies, los grandes comercios fían todo a la libertad absoluta dejando que sea la economía de mercado quien regule de manera genérica la actividad.

La verdad, realmente, es sencilla. La administración tiene la obligación de regular la jornada laboral y controlar la no explotación de los trabajadores; que los convenios colectivos y las relaciones laborales sean fluidas, cumpliéndose todas las normas y actuando la Inspección cuando proceda.

El horario comercial es otra cosa; nada tiene que ver con el laboral que se extiende, como mucho, a las 40 horas semanales. El comercial debe abarcar todo el día, sin limitación alguna; las 24 horas, siete días a la semana y 366 días al año, si es bisiesto.

Los ciudadanos, los consumidores tienen derecho a realizar sus compras en cualquier momento del día o de la noche y en cualquier día de la semana.

Los trabajadores tienen el derecho a que su trabajo no exceda de 40 horas a la semana y que puedan descansar, dentro de ella, día y medio.

Con estas premisas el día da para la realización de tres turnos de trabajo a razón de –como máximo- ocho horas diarias.

Si los comercios están mucho más tiempo abiertos hay mayores posibilidades de contratación y generaremos más empleo, algo absolutamente necesario en una sociedad con cuatro millones y medio de parados.

No es de recibo decir que se destruye empleo porque las grandes superficies tengan la posibilidad de abrir de manera permanente, sean lugares turísticos o no. Por el contrario, si algo se puede constatar es justo lo inverso.

Y, en aras a la libertad, quien quiera abrir que lo haga. Y el que no, no.

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