-->

Whatsapp, Facebook y el precio de la intimidad: La seguridad de un estado

whatsapp

Hace poco más de una semana, WhatsApp revolucionaba el mundo. Apenas sucede nada cuando se cometen crímenes machistas, ni tampoco cuando algunos menores deciden quitarse la vida víctimas del acoso escolar: sin embargo y por lo visto, el popular servicio de mensajería decide cancelar la suscripción de un dólar al año y puede desatarse una revolución industrial en versión beta. Desde ese momento, las fechas de caducidad del mismo quedaban sin efecto de la mano de un agradable mensaje, a un precio que mucho distaba del valor de esa suscripción: la privacidad, también conocida como intimidad, ese derecho fundamental que las redes sociales han ido apagando a paso de gigante. Fue hace unos tres años cuando llegaron los primeros rumores: la compra de WhatsApp por parte de la red social Facebook traería consigo la posibilidad de que los datos enviados a través del servicio de mensajería pudiesen ser compartidos en los perfiles públicos de la red, con todo lo que ello supondría. Ahora, nos hallamos ante una realidad y, si bien es cierto que todavía se desconoce qué tipo de información será compartida entre ambos servicios, como mínimo estaríamos hablando de la lista de contactos, facilitando encontrar a una determinada persona en cualquiera de los dos. A todo ello, debemos sumar la opción de encriptado total, que ya había puesto en marcha Telegram, con el fin de enviar mensajes de manera completamente segura. Entonces, ¿cómo es posible que estemos hablando de casi un atentado contra la privacidad, de un bombardeo virtual contra nuestros más profundos secretos? ¿Qué sucedería, entonces, si el Estado utilizase las redes sociales para aumentar nuestra seguridad? ¿Seríamos capaces de anteponer el derecho a la seguridad al derecho a la intimidad?

Hay algo que debemos tener en cuenta desde el principio: desde que una persona se levanta, ¿qué es lo primero que hace? Todavía de la mano de Morfeo y tan sólo abriendo un ojo, echa un vistazo a su Smartphone, en busca de llamadas perdidas, mensajes de texto, comentarios en las redes sociales o algún hastag interesante. De hecho, muchos son aquellos que se sienten incapaces de acudir al gimnasio o a una cena de empresa sin informar a sus contactos de Facebook de semejante acontecimiento, al igual que otros tantos se dedican a compartir vídeos y fotografías de actos delictivos sin acudir a interponer la correspondiente denuncia. Las redes sociales NO sirven para denunciar legalmente, pero SÍ las utilizamos para compartir fotografías de niños moribundos, distribuir vídeos de palizas a escolares o publicar comentarios de los que luego, posiblemente, nos podamos arrepentir. ¿Por qué no podrían servir, entonces, para que un Estado cualquiera controlase la comisión de actos delictivos? Pensemos algo: fuimos nosotros mismos los que regalamos, inicialmente, nuestro derecho a la intimidad a unos completos desconocidos. De hecho, y si no somos lo suficientemente ávidos, nuestro perfil de Facebook puede ser perfectamente público, lo que quiere decir que, cualquier persona, podrá seguir nuestros pasos sin ningún tipo de dificultad. ¿Qué sucederá, entonces, cuando la cuenta también lleve asociado nuestro número de teléfono personal?

Entonces, ¿somos capaces de dilucidar la utilidad de las redes sociales en materia de análisis delictivo? Y, lo más importante, ¿seríamos capaces de comprender esa utilidad, anteponiendo el derecho a la seguridad a cualquier otro? Si nos centramos en este tema, el derecho a la seguridad protege otros tales como el derecho a la vida o a la libertad, lo que implica que, ante una posible conspiración, proteger el derecho a la seguridad ciudadana por encima de la privacidad implicaría una serie de beneficios en materia de análisis de la delincuencia, bajo ningún concepto haciendo públicos esos datos de manera fraudulenta. Con ello, queremos dejar patente que la seguridad de un Estado tiene un precio mucho mayor al de un dólar, pues el análisis de la delincuencia debería constituir un objetivo prioritario en materia de política criminal: las redes sociales son un reflejo de nuestra vida, nuestros pasos y nuestras opiniones, además de un foco eficaz para la comisión y difusión de delitos como la calumnia, la injuria, la amenaza o el acoso. ¿Por qué no utilizar esos datos, de manera lícita, proponiendo un tratamiento prioritario de aquellos problemas que afectan a la seguridad de un Estado?

 

Verónica Cano Alarcón

Trabajadora Social y Licenciada en Criminología

Máster en Análisis y Prevención del Crimen

 

Consultoría Social

http://vcanoalarcon.wix.com/veronicacano/

 

 

Be the first to comment on "Whatsapp, Facebook y el precio de la intimidad: La seguridad de un estado"

Leave a comment

Your email address will not be published.

*