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Carrús, mi barrio

chesca llorens

Carrús es mi barrio, un barrio hecho por inmigrantes de otras provincias de España, donde se escuchan las eses y las zetas de forma diferente, y donde todos sus vecinos se sienten ilicitanos.

Recuerdo a principios de los 60 que era un barrio casi desierto, con casas de una o dos plantas y mucho terreno sin edificar, separado del resto de Elche por las vías del tren, empedrado, sin alcantarillado ni luz en las calles, solo las bombillas de las puertas de las casas que encendían al anochecer. Un barrio donde las vecinas eran “tías” sin ser familia alguna, donde existía un cine, la sala ‘PALAFOX’, un colegio público y alguna academia privada donde los que no teníamos plaza acudíamos. Un barrio sin coches que molestasen a los críos mientras jugaban al fútbol, a las canicas, al escondite, y las niñas jugábamos a las casitas en los numerosos descampados, donde con piedras hacíamos las habitaciones y usábamos las más grandes como mesas o cocina.

En Carrús no había grandes supermercados, sino tiendas familiares que fíaban hasta que se cobrara la semana si no llegaba el sueldo.  En el mercado de la plaza de Barcelona  se compraban los productos frescos. En fin, vivencias de mi niñez que comparto con muchas de esas personas que acudieron buscando un futuro mejor para sus familias.

Se iba al cine un domingo a ver el nodo y la sesión doble de películas, escuchando al vendedor de turno pasar en los descansos vendiendo pipas, altramuces, chufas, tabaco y cerillas y ese rico pastel hecho de las sobras de ‘Pastelería El Machaco’…todo ello con un duro, y así pasábamos la tarde. Luego, al volver, guiándonos por las bombillas de las puertas de las casas, saludábamos a todos los que se encontraban tomando el fresco en verano, cenando con la mesa de la cocina, escuchando la radio y comentando las noticias.

Un recuerdo que tengo muy dentro es el olor, los olores que tenía el barrio: el olor del ‘cemen’ y de las colas, de materiales y disolventes, mezclado con el aroma de pucheros y potajes, de lejía y de jabones, de tierra mojada cuando llovía o de cuando limpiaban la puerta regando con un cubo de agua.

Evoco el toc toc de los martillos sobre el mármol doblando zapatos, las máquinas de aparar donde las madres y abuelas sacaban un sobresueldo para ayudar en casa a pagar las deudas que dejaron en sus pueblos.

Otro recuerdo fue mi primera comunión, con la construcción de la parroquia de la Virgen del Carmen en su comienzo y el cura D. Francisco haciendo la misa en el patio del colegio un día de mucho viento con remolinos de arena.

Hoy, Carrús sigue siendo una barriada separada por una avenida, sin cine y sin tiendas de barrio. Ahora son cadenas de supermercados y grandes superficies, de multiprecios y alguna que otra de ropa o droguería. La esencia de los vecinos ha cambiado, ya no se escuchan máquinas en las casas, ni hay fábricas en el barrio, ni conocemos al vecino de al lado. No se escucha a los críos jugar en las calles, solo en los muchos parques y jardines. No se ve a las mujeres cosiendo ‘kiowa’ ni zurciendo la ropa aprovechando la luz del día. Los múltiples idiomas se mezclan con el valenciano, andaluz, murciano y manchego, lo que hace que Carrús, mi barrio, sea más rico en culturas y que continúe siendo un barrio donde todos son bienvenidos a una nueva oportunidad de vida, de trabajo, de futuro para su familia como otros muchos hicieron: llegaron y construyeron con mucho esfuerzo un gran barrio en una gran ciudad. Mi ciudad, Elche. Mi barrio, Carrús.

Chesca Llorens

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