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Catalá o valencià. La consellera, el calor y la lengua

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Estatut,

Que la Consellería de Educación y Cultura es un potro de tortura para sus ocupantes es algo suficientemente conocido desde que el PP gobierna la Comunidad, y aun antes. Alejandro Font de Mora, cuando ocupó ese cargo, aseguraba a un selecto grupo de periodistas que él estaba ahí “para quemarme” por el presidente Camps. Font de Mora se las tuvo tiesas con el sindicato STEPV, hoy integrado en Intersindical, brazo obrero de Compromís. Pero también luchó a brazo partido contra las inclinaciones de la AVL a redefinir la lengua valenciana como catalán, llegando incluso a interrumpir la reunión en la que se iba a consumar lo que para muchos valencianos hubiera sido un casus belli lingüístico.

Quien ocupa en la actualidad el sillón que dejó Font de Mora cuando se prejubiló en la Mesa de Les Corts es María José Catalá, que ha heredado exactamente los mismos conflictos en los que el vilarealense se quemó, pero corregidos y aumentados. Tradicionalmente, el activísimo STEPV (característica común en todos los componentes de Intersindical) pide la dimisión del conseller popular que sea, para lo que siempre encuentra una razón. La recurrente, los barracones, que la consellería ya se ha cansado de rebautizar como aulas prefabricadas. La nueva, el calor de Septiembre, que es verdad que convierte en difícil cualquier actividad intelectual, incluidas la de dar clase y la de prestar atención a lo que dice el profesor.

Esto del calor estival ha sacado esta semana a unos cuantos centenares de profesores y alumnos, y a algunos padres, a las calles de Valencia. Para protestar. La respuesta de Catalá ha sido la de recordar que no hay riesgos para la salud, que ir a clase debe ser “sagrado” para la comunidad educativa, y ya hoy, tras la reunión del Consell de todos los viernes, la de señalar otros aspectos importantes de la actualidad educativa que apenas se destacan: “lo más importante, de lo que yo quiero que hablemos y de lo que el Consell quiere hablar es de la reducción del fracaso escolar y del abandono educativo temprano”, y ha añadido que “la comunidad educativa de eso debe hablar y por eso se debe preocupar”. Días antes la consellera, que también es, para más inri, portavoz del gobierno de Fabra, sugirió que todas estas últimas protestas no eran sino un comienzo de campaña contra ella, de cara a ir caldeando el ambiente para las próximas Autonómicas de Mayo.

En materia de lengua, a Catalá tampoco no le va nada bien: los sectores más valencianistas piden su dimisión por mantener la AVL, y ésta sigue sin hacerle caso en cuanto a la necesidad de que la definición del idioma que figura en su diccionario normativo se ajuste a la ley, que no es otra en este caso que, ni más ni menos, el Estatut d’Autonomia. Hoy Catalá, preguntada por ello, se ha limitado a decir que desde la Generalitat “continuamos con la colaboración con la AVL para que se modifique la definición y esperamos que finalmente sea modificada como sugirió y solicitó formalmente el Consell a la Acadèmia”. Y el reloj sigue corriendo.