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Un país decente

Fran Raga

Líneas rojas, códigos éticos, estatutos y reglamentos condicionan el día a día de los partidos políticos españoles, con mayor o menor éxito. La línea roja de Alberto Fabra se ha convertido en rojo menstruación, aparece y desaparece. Prueba de ello es la reciente imputación del vicealcalde de Valencia, el señor Grau, el que no dimite porque no le da la gana, de nada sirve la línea de Fabra, ni va a dimitir ni lo van a echar del partido. En el PSOE está por ver si ponen de patitas en la calle a Chaves y Griñán, el gañán. La derecha catalana representada por CiU, y que sigue gobernando una Cataluña recortada, arruinada y saqueada gracias a ese partido que se hace llamar de izquierdas y republicano, ERC, sigue haciendo y deshaciendo a su antojo amparado y protegido por la senyera. Táctica por cierto imitada por el PP valenciano y su intento de esconderse tras la bandera como se esconde un niño bajo las sábanas cuando tiene miedo en la noche. Izquierda Unida no se queda atrás y ya le salpican casos de supuestos comunistas, que mientras levantaban el puño, con la otra mano usaban la tarjeta black. En Andalucía han hecho una buena masacre. Ciudadanos recoloca a Jordi Cañas, su diputado imputado por defraudar, supuestamente, a Hacienda como asesor de los eurodiputados que tienen en Bruselas. Hasta a Compromís le han imputado un alcalde por prevaricar, el de Guardamar de La Safor.

En el panorama nacional apenas se salvan UPyD y Podemos. Y no me vale que tienen pocos cargos públicos, menos tienen muchos otros que sí tienen imputados.No obstante, no queramos engañar a nadie, la corrupción es algo que va con la condición humana. Quien aparca en una plaza reservada para personas con discapacidad, sin ser discapacitada, está cometiendo una pequeña corrupción. Quien se encuentra una cartera y no la devuelve íntegra a las autoridades pertinentes, está siendo corrupto. La diferencia, y el mayor o menor reproche social, viene determinado en función si la actitud corrupta está, o no, tipificada como delito en el Código Penal.

En todos los partidos, puesto que va con la condición humana, puede aparecer la corrupción, no obstante, como dice Alberto, la corrupción no es algo exclusivo de los individuos, tiene mucho que ver con los partidos. Como decía, en todos los partidos puede aparecer la corrupción, la diferencia radica en cómo los distintos partidos políticos la previenen, afrontan y sancionan. También tiene mucho que ver lo que votan cuando otro partido propone alguna medida anticorrupción. PP y PSOE, por mucho código ético y línea roja que nos vendan, han votado en contra, o se han abstenido, a la hora de eliminar aforamientos, de impedir que el antiguo Rey siga siendo aforado, de despolitizar el Consejo General del Poder Judicial, todas ellas propuestas por Unión Progreso y Democracia (UPyD). Evidentemente no todos son iguales. Véase aquí todas las querellas interpuestas por UPyD contra Bankia, Caja Madrid, los responsables de las Preferentes, Banca Cívica, el clan mafioso de los Pujol, UGT, la Junta de Andalucía o Artur Mas.

Con todo esto tiene mucho que ver el concepto de decencia. Hay partidos políticos decentes y partidos políticos indecentes. Es indecente, muy indecente, vomitiva, la política del Partido Popular en materia de dependencia. Han recortado y dejado desamparadas a miles de personas dependientes, personas que por desgracia, difícilmente pueden mejorar su día a día por medios propios. En Valencia tenemos un gobierno indecente. Es indecente tener escolarizados a cientos de niños en aulas prefabricadas. Es indecente que los de siempre, y me refiero a PP, PSOE, IU y nacionalistas, se pasen el día echándose mierda a la cara mientras sus sedes apestan a podrido.

Un país decente no gastaría un céntimo en fiestas, paellas y petardos mientras hay dependientes sin ayuda, estudiantes apurados, niños por debajo del umbral de la pobreza. Un país decente no se plantearía la creación de una televisión mientras hay proveedores y empresas ahogadas por los impagos de los diferentes gobiernos. Un país decente no permitiría que esta gente, ladrones de traje y corbata, siguiese gobernando España. La pregunta es, ¿nos atrevemos a cambiarlo? ¿Queremos ser, de verdad un país decente?

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